Lo hablas con tus amigas
a todas horas. Lo lees en redes sociales. De vez en cuando, escuchas una
entrevista en la televisión de una tía a la que no conoces, pero cuyas
historias y anécdotas te suenan familiares. Y tú dices a todo que sí, que por
supuesto, que a quién se le ocurre tener una relación en la que no hay
libertad. Y lo criticas, como hacen todas tus amigas, y te pones nerviosa cada
vez que ves un capítulo de la Isla de Las Tentaciones. Sí, ese programa que
justifica, que romantiza, que sirve de altavoz para todo tipo de relaciones
tóxicas, en las que la dependencia emocional, la masculinidad tóxica, las
infidelidades, la competitividad, la humillación y la vejación a mujeres está
completamente normalizada y validada. Y tú eres la primera, sí, la primera en
ayudar a esa amiga que parece que, por inseguridades, por falta de autoestima,
por falta de independencia o por factores X está metida en una relación que
para nada la conviene, que le hace daño, que le hace pequeña. Y estás metida
ahí, tú, la primera, para luchar contra todo tipo de monstruo.
Pero, un día, por lo que sea, decides mirarte en el espejo. Decides
cuestionar lo que piensas, lo que haces, lo que sientes, porque últimamente
resulta que te has sentido más de una vez identificada con esos posts que lees
en Instagram que hablan de ghosting, de gaslighting o de mansplaining.
Está muy bien identificar señales de maltrato o de manipulación en los demás,
pero ¿y a mí? ¿Soy capaz de verlas tan claras cuando me pasan a mí? Y entonces
es cuando caigo.
Cuando caigo en que hace tiempo que empecé a idealizar una historia de las
mías de las que me pasaban de vez en cuando. Ahí me doy cuanta de que mi mente
lleva creando películas, una tras otra, basadas en una historia de engaño y de
mentiras. Engaños y mentiras que, a mí, como protagonista estrella, me habían
beneficiado en cada capítulo. ¿Conoces alguna serie en la que el ser la otra
haya salido bien? Yo sí. En Friends, Ross es infinitas veces infiel con Rachel.
La audiencia, los frikifans como yo, no lo vemos. No vemos que eso esté mal. De
hecho, nos encanta porque, para nosotros, Ross y Rachel hasta el fin del mundo.
Claro, y luego, cuando me pasa a mí, cuando yo me convierto en la otra, me creo
especial. Y creo que eso no está mal, que se podía haber hecho mejor, pero que
bueno, que en historias como estas todo vale. Pero claro, todo pasa. Porque del
morbo del secretismo, de esa emoción de “ay, que ESE me ha elegido a mí” no se
puede vivir. Eso te alimenta, durante una temporada, y cuando ves que todo se
esfuma, es cuando caes en que nadie ha sido aquí especial. En que las películas
que a día de hoy te sigues montando, no eran más que eso. No eran más que
pensamientos fugaces que te removían algo por dentro porque sí, porque en su
día, te sentiste especial.
Y ahora, que no me siento ya casi especial, me enfado. Antes, en
situaciones de este tipo, me creía pequeña. Ahora me enfado. Ahora siento
rabia. Ahora quiero romperlo todo. En primer lugar, porque no lo entiendo y
quiero entenderlo. Porque me han callado y no hay cosa que más odie en el mundo
que sentirme silenciada. En segundo lugar, porque sé que he contribuido a hacer
daño. Y yo no soy así. No, no soy así. Y, en tercer lugar, porque no he querido
verlo. Porque lo he señalado en todo mi alrededor, y tonta de mí que he caído
como una gilipollas. Que me la han liado. Y fíjate que al principio me creía la
más lista de todas, la que tenía la sartén por el mango, pero no, he acabado
cayendo. Cayendo, que no perdiendo. No he perdido nada. Yo ya no pierdo cosas
con este tipo de historias.
Sin embargo, sí hay un ganador.
Porque él ha salido impune. Porque él no ha tenido que enfrentarse a la
realidad en ningún momento ni a las consecuencias ni al daño causado. Yo sin
embargo he tenido que enfrentarme a preguntas. He tenido que cuestionarme, he
tenido que recordar, he tenido que enfadarme. Pero ¿y tú? ¿Tú cuándo pierdes?
No hay comentarios:
Publicar un comentario