La gente de hoy en día o, al
menos, la poca que he podido conocer, ha perdido los valores. La gente es
egoísta. La gente es cobarde. La gente no siente. La gente tiene miedo a sentir. La gente es todo aquello que
nos enseñaron a no ser. Aunque si lo pienso bien, nunca en la escuela nos
enseñaron a amar. Nunca nos han dicho cuál es la manera correcta de querer a
alguien, cuál es la forma de evitar el dolor, cómo superar los problemas o cómo
hacer las rupturas más llevaderas. Lo aprendemos en el camino, nosotros somos
los encargados de enseñarnos y de corregirnos, somos el profesor y el alumno al
mismo tiempo.
Sin embargo, la gente de hoy en
día carece de corazón. Al menos, esa es mi impresión. Ahora nuestro principio
se basa en la venganza (“si me ignora, yo más”), en el egoísmo (“ya no estamos
juntos, puedo hacer lo que quiera”) y en la racionalidad de los actos (“no le
debo nada”). Y sí, todo ello, en cierta
medida, es una buena y cierta forma de ver las cosas. Pero no creo que debamos
aplicar el criterio de racionalidad a algo que se ha basado en sentimientos. Amor, cariño, aprecio, confianza, complicidad,
ilusión. Nos cuesta nuestro trabajo crear mundos paralelos con las personas a
las que queremos, pero, cuando esos mundos se desmoronan, en vez de dar nuestro
brazo a torcer (por última vez) para hacer todo un poco menos difícil, miramos
para otro lado. Nos miramos en el espejo y rompemos con nuestras propias manos
algo que nos ha costado mucho esfuerzo tener.
De verdad que no entiendo por qué
nos cuesta tanto ser un poquito más respetuosos. No sé, no lo entiendo. Podríamos ser
más empáticos y ponernos en el lugar de la otra persona; podríamos preguntar
qué tal y no apartar la mirada; podríamos esperar un poquito para volver a
entregarnos a otra persona; podríamos
dejar de ir de cama en cama y tiro porque me toca para mostrar que lo que
tuvimos, por muy quemado y agotado que esté, nos ha dejado un poquito de
huella. En cambio, con las actitudes que tiene la gente de hoy en día, los que
más quieren, los que siempre pierden, acaban teniendo cicatrices en lugar de
experiencias que contar.
Ahora, si tienes corazón, es
mucho más difícil ser feliz. Nos enfrentamos a un mundo en el que ser buena
persona está mal visto, en el que la sociedad te presiona a olvidar a la
velocidad del rayo. Por lo tanto, animo a todos los enamorados, a los corazones
rotos y a los buscadores del amor a pensar más con el corazón y menos con la
cabeza.