sábado, 25 de octubre de 2014

Una y otra vez más.

Para avanzar, hay que mirar atrás.
O eso dicen ¿no? Porque cuando una puerta se cierra, se abre una ventana y, para ello, se necesita tirar la llave por el retrete y decir adiós a lo pasado. Y no hay cosa más dura que decir adiós.
Las despedidas no son lo mío y nunca lo van a ser. Prefiero los “hasta luego” o simplemente, los distanciamientos involuntarios, de esos  que no te das cuenta porque no te importan demasiado.  Pero, sin duda , lo que más me va a costar jamás, es asimilar la pérdida de alguien que significa mucho para mí.
Mucha gente me dice que pare ya, que ya ha pasado mucho tiempo, que qué valiente soy por seguir escribiéndole y que tengo que pasar página. Y yo les digo, les digo y les repito, que pasé página hace mucho tiempo, pero que no me pidan asumir que aquel que era como mi hermano ha desaparecido, porque no lo voy a hacer. En mis planes no entra renunciar a mis buenos recuerdos y a los buenos amigos. Lo siento, pero no. Y aquel que era mi mejor amigo, existe. Sigue existiendo porque el lunes le miré a los ojos y le vi, y sé que detrás de esa fachada de chico trabajador, pasota e insensible, está el mismo que un día me dijo  para siempre.

Querido... tú, a mí no me engañas. Sé que eres feliz, que todo te va bien, que viva el baloncesto y tus amigos, que de Bea ni el apellido pero que el primer día que todo ese corazoncito que tienes vuelva, vas a pensar en mí. Igual lo haces con más frecuencia de lo que me imagino, pero no puede ser que si realmente fui la única capaz de entenderte y apoyarte, no hayas pensado ni un día “no puedo más”.  Sin duda alguna,si las cosas fuesen diferentes , estaría ahí, contigo y a tu lado. Pero no me dejas, no me dejas porque tú y yo ya no somos nada, ¿no? Y a mí eso me duele… me duele mares.  Días, semanas e incluso meses que paso recordándote, simples malas rachas. Que vienen y se van por donde han venido pero… ¡qué rachas! Rachas que, a su vez, solo pueden ser solucionadas con un abrazo tuyo, que no te pido más, que solo un “estoy aquí” y nada más.

Pero, como una enamorada de la vida y de los finales felices, aquí la escritora, seguirá soñando con tu regreso al mundo real hasta que aparezca otro mentiroso de los que dice para siempre. 

martes, 21 de octubre de 2014

Entre café y café.

A ti, mi querido capitán:
                Hace ya más de un año que partiste desde mi puerto hacia la búsqueda de tu felicidad.
Hace ya más de un año que cierro la puerta con dos vueltas, apago la luz del hall y bajo todas las persianas (como tú lo hacías) antes de acostarme.
Hace ya más de un año que duermo sola, y tal es la tristeza que siento, que dejo a Argos subirse a la cama, para que me haga compañía, para que me cubra de pelusas, y para que luego tú, aparezcas para mandarle al jardín.
No te voy a mentir, te he intentado engañar con otros. Más de uno ha probado mi risotto con setas (ese que tanto te gustaba) para luego probar un poquito de mí. Y la almohada ha olido a ellos durante días, y la cama, aun así, no te ha olvidado. O igual soy yo, que a cada beso le puse tu nombre y tus labios.
Es por eso que cada sábado por la noche, entre Carlos Ruiz Zafón y Nicholas Sparks, miro por la ventana y te veo aparcando, y oigo tus pasos entrando en casa, y a tu bolsa de deporte chocar con el suelo y a las llaves chirriar. Y en el momento en el que me acerco a besarte, te esfumas. Te esfumas como el tiempo sin ti, como si los minutos consumiesen sus propios segundos, y los días las horas, y el tiempo al amor, y el olvido a los dos.

Y al final, acabo despertándome bajo la luz del flexo de Ikea que me regalaste un 23 de octubre (“Para alumbrar tus días de estudio” decías), tumbada en tu sillón rojo, con la única camiseta que dejaste en el armario y con los ojos lloviendo y a la vez, mojando un millón de palabras.