No te vayas, por favor. No te
vayas, te lo suplico. Quédate aquí, conmigo. Si todavía no es la hora de
marcharse, si aún no tienes por qué irte, quédate. Un ratito más, por favor.
Nos lo estábamos pasando de maravilla hasta que decidiste mirar el reloj. Y
ahora ya andamos con prisas. No hay necesidad de que hagamos todo corriendo,
nadie te está esperando. Nadie nos está esperando. Nos podemos quedar aquí un
ratito más. Un día más. Un año más. O una vida más.
No te vayas, por favor.
Sé
que cuando te vayas, ya no habrá marcha atrás. Sé que ya no me querrás, que me
olvidarás. Sé que lo pasaré mal, pero que yo también te olvidaré. Pero, por el
momento, no hay por qué irse, no hay por qué olvidar. Si no paras de sonreír,
si no hago más que escuchar tu risa, si no puedes dejar de quererme y yo no
puedo dejar de dejarme querer, por qué nos vamos a ir ahora. Nos lo estamos
pasando de maravilla incluso mirando el reloj. Pero no te vayas, te lo suplico,
quédate un ratito más.
No te vayas, por favor.
No paras de repetirme que te pida
volver una vez que hayas partido, que volverás. Pero es que sé que es más fácil conseguir que
te quedes ahora que hacerte regresar más tarde. Porque ahora sabes lo que se siente
cuando se está enamorado, porque ahora tiemblas al verme, porque ahora no puedes
dejar de besarme. Pero cuando te vayas, sé que no volverás más. Porque el
tiempo te hará olvidarte de mi sonrisa, porque la distancia no te dejará recordar
mi voz, porque tu piel conocerá otras pieles distintas. Y lo distinto siempre
es mejor.
Y ya no podré demostrarte lo
feliz que te hago. Y ya no podré hacerte feliz nunca más.
Así que, por favor, no te vayas.
Te lo suplico.
Quédate un ratito más.
Aquí.
Conmigo.