Hay que vivir la vida, dicen. Hay
que dejarse llevar, arriesgarse para ganar, perder para aprender. Sin embargo, estamos
en un momento de nuestras vidas en el que estamos tan rotos por dentro que no importa
tener miedo. No importa no arriesgar, no importa no aprender, no conocer; no importa
pararnos a mitad de camino. Intentemos evitar cualquier maremoto, cualquier noticia
que anuncie tormenta. Esquivémoslas lo mejor que podamos. Quieto, para,
respira. La vida es maravillosa ahora mismo. Mira a tu alrededor, ¿hay
problemas? No. Y aunque al final de esa calle parezca haber una farola
encendida, música de fiesta o un ramo de flores, quédate quieto. No respires.
Que no noten tu presencia. Vuélvete invisible, date la vuelta, corre, huye. Ve a
un lugar seguro, refúgiate de todo aquello que tenga el mínimo riesgo de caer.
Porque como por alguna casualidad se derrumbe, te va a golpear a ti de lleno.
Y te va a dar directamente en el corazón. Y ya no tienes más vidas, las has gastado
todas. Porque,como por alguna casualidad la tormenta no amaine, olvídate de
seguir viviendo, de seguir sintiendo. Olvídate de recuperar la esperanza. Olvídate
de volver a confiar, de volver a querer y, sobre todo, olvídate de volver a
quererte. Quieto, para, respira. No te muevas. Es la única manera que tienes
para seguir con vida. Es tu última oportunidad. Ni un paso adelante más. Ni un
paso atrás. Porque como retrocedas, te caes al precipicio que han escavado para ti durante todo este tiempo. Quédate quieto. No respires. Es tu última oportunidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario