Los
días siguen pasando.
Y
parece que pasar, sigue sin pasar nada.
Y yo,
aquí sigo.
Sin pasar.
Ya no
hay nada. Nada de nada. O eso creo, al menos. Nada de lo que poder hablar, nada que poder decir de nosotros. Porque es que, ya no hay un nosotros. Ni siquiera
un hipotético nosotros, ni pretéritos ni caducados. Ya no hay nada.
Eso es
bueno, supongo. Supongo que es bueno para ti, que ya estoy totalmente borrada
de tu vida, que ponga esas palabras en mi boca. “Ya no hay nada” Porque cuando
el corazón roto habla para dar el punto final, la historia está ya olvidada. Y esto,
puede ocurrir por dos razones. Una, que el corazón haya sido capaz de
reconstruirse sin problema y por fin, vuelva a sonreír. La segunda, la más improbable, la que nunca ocurre, que el corazón haya
desistido de luchar, haya decidido dejar de negar lo evidente. Porque no podía
más, porque se le hacía imposible seguir sin ti, porque ya sabía que te habías
ido y no podía. No podía. No. No podía.
El
corazón, en este caso, ha muerto.
Ha
pasado a otras manos. Ha pasado a ser uno de esos recuerdos que teníamos y que ahora
están perdidos, desaparecidos. Ha
pasado, supongo y espero, a mejor vida. Sin ti pero también sin mí. Y a ver qué hago yo ahora.
Distancia…
distancia es eso que hay entre tú y yo, que nos vemos todos los días.
P.D. Si
quieres que te pida perdón, te lo pido sin problema. Pero ya debe ir mal el mundo, si se tiene
que pedir perdón por querer.