Jamás había visto tan bonita mi cuidad.
Y eso que me la sabía de memoria, pues llegué a aborrecer
caminar siempre por las mismas aceras. Sin embargo, ahora, cada rincón parece
un nuevo mundo por descubrir, un recuerdo edificado en el que apetece entrar
para viajar, por unos instantes, a esos días en los que mi casa seguía siendo
la de siempre.
Hoy, comprar un billete supone llegar y no marchar.
Dicen que el hogar no es el dónde, sino el quién. Pero, a
mi juicio, son pronombres que deberían ir siempre junto a “casa”.
Este año, mi cuidad ha decidido vestirse de gala por
navidad, porque, por primera vez en mucho tiempo, será la anfitriona de una
fiesta que jamás pensé celebrar: nuestro reencuentro.
Nunca había tenido que escuchar“¿Cuándo llegas?”,”Yo
mañana”, “Qué ganas de veros” por Navidad. Y jamás pensé que estas preguntas,
que suponen la llegada de algo tan alegre como son los reencuentros, fuesen
a transmitirme tanta tristeza.
En qué momento hemos dejado de ir a casa para quedarnos
creciendo; en qué momento hemos llegado a echar de menos nuestra ciudad para
conocer mundo. Por qué no podemos hacer ambas cosas a la vez, por qué no puedo
vivir con todos ellos esta etapa tan maravillosa, por qué hay que decir adiós
para empezar a ver esta fría ciudad con otros ojos. Con otros ojos que lloran cada vez que se acuerdan de que antes
la rutina eran ellos y era estar ahí, y no hacer maletas para dejar al
tiempo ganar la batalla.
Ahora toca pasear por el frío, agarrada a las manos de los de
siempre, contando, sin embargo, nuevas historias de las que ninguno de ellos volverá a ser protagonista nunca más.
