domingo, 6 de noviembre de 2016

Somos lo que somos por haber perdido y estar ganado

Estamos en la edad de descubrir quiénes somos. Dicen que las pocas veces en las que conseguimos pensar alto y claro hay que malgastarlas en definirnos, en saber cómo somos exactamente y por qué hemos acabado mirando el mundo desde este punto de vista tan enrevesado. Pero no creo que nadie haya sido capaz nunca de saber cómo es con precisión. Somos lo que las circunstancias nos llevan a ser, somos un constante cambio y no una definición concisa y clara de diccionario.
Somos todos los momentos que hemos vivido con nuestros amigos una noche de verano y un café de invierno. Somos todos los momentos a solas con nosotros mismos y la música más triste de nuestra lista de reproducción sonando a todo volumen. Somos los libros que leemos, los que nos quedan por leer y los que dejamos aparcados en la estantería. Somos toda la ropa, todos los zapatos y todos los trapos que utilizamos hasta que nos dejan de sentar bien. Somos todas las veces en las que nos hemos mirado al espejo y nos hemos visto feos y nos hemos arreglado, y todas las veces que nos hemos visto guapos y nos hemos fotografiado. Somos lo que nuestra madre nos besa, nuestro hermano nos molesta y nuestro padre nos sonríe.
Pero sobre todo, somos lo que somos por arriesgarnos cada segundo de cada día a vivir. Somos lo que decidimos superar cuando nos hacen daño. Somos pasar página, somos olvidar.  Somos lo que lloramos cuando nos rompen el corazón, lo que destruimos cuando nos engañan, lo que sufrimos cuando nos dejan de querer. Somos todas las veces que decidimos enamorarnos. Somos todas las veces que nos enamoramos sin decidirlo. Somos lo que luchamos por los nuestros, lo que cortamos de raíz, lo que sentimos y dejamos de sentir. Somos lo que nos quieren y lo que queremos. Somos lo que nos echan de menos, lo que echamos y perdemos. Somos todas esas veces que dijimos que no y, sobre todo, somos todas esas veces que decidimos decir que sí, que por qué no. Somos todo lo que hemos hecho mal y han hecho mal con nosotros. Somos los suspiros, las sonrisas, los te quieros y los besos que nos han hecho ser más nosotros mismos que nunca. Somos los abrazos, los “me gustas”, las indirectas y las directas, las miradas, la primera vez de muchas veces. Somos la desconfianza, somos la confianza, somos lo que creemos y lo que nos hacen creer. Somos todas las personas que queremos, las que dejamos de querer y las que amamos en secreto. Somos lo que nos han ayudado a ser, lo que nos han empujado a saltar y de lo que nos han rescatado.



Y, sobre todo, somos lo que somos por haber perdido y haber sido capaces de levantarnos y por ello, estar ganando con cada experiencia de nuestra vida.



SING LIKE NO ONE IS LISTENING, LOVE LIKE YOU HAVE NEVER BEEN HURT, DANCE LIKE NOBODY IS  WATCHING AND LIVE LIKE IT IS HEAVEN ON EARTH

domingo, 5 de junio de 2016

La gente de hoy en día

La gente de hoy en día o, al menos, la poca que he podido conocer, ha perdido los valores. La gente es egoísta. La gente es cobarde. La gente no siente. La gente tiene miedo a sentir. La gente es todo aquello que nos enseñaron a no ser. Aunque si lo pienso bien, nunca en la escuela nos enseñaron a amar. Nunca nos han dicho cuál es la manera correcta de querer a alguien, cuál es la forma de evitar el dolor, cómo superar los problemas o cómo hacer las rupturas más llevaderas. Lo aprendemos en el camino, nosotros somos los encargados de enseñarnos y de corregirnos, somos el profesor y el alumno al mismo tiempo.

Sin embargo, la gente de hoy en día carece de corazón. Al menos, esa es mi impresión. Ahora nuestro principio se basa en la venganza (“si me ignora, yo más”), en el egoísmo (“ya no estamos juntos, puedo hacer lo que quiera”) y en la racionalidad de los actos (“no le debo nada”).  Y sí, todo ello, en cierta medida, es una buena y cierta forma de ver las cosas. Pero no creo que debamos aplicar el criterio de racionalidad a algo que se ha basado en sentimientos.  Amor, cariño, aprecio, confianza, complicidad, ilusión. Nos cuesta nuestro trabajo crear mundos paralelos con las personas a las que queremos, pero, cuando esos mundos se desmoronan, en vez de dar nuestro brazo a torcer (por última vez) para hacer todo un poco menos difícil, miramos para otro lado. Nos miramos en el espejo y rompemos con nuestras propias manos algo que nos ha costado mucho esfuerzo tener.

De verdad que no entiendo por qué nos cuesta tanto ser un poquito más respetuosos. No sé, no lo entiendo. Podríamos ser más empáticos y ponernos en el lugar de la otra persona; podríamos preguntar qué tal y no apartar la mirada; podríamos esperar un poquito para volver a entregarnos  a otra persona; podríamos dejar de ir de cama en cama y tiro porque me toca para mostrar que lo que tuvimos, por muy quemado y agotado que esté, nos ha dejado un poquito de huella. En cambio, con las actitudes que tiene la gente de hoy en día, los que más quieren, los que siempre pierden, acaban teniendo cicatrices en lugar de experiencias que contar.


Ahora, si tienes corazón, es mucho más difícil ser feliz. Nos enfrentamos a un mundo en el que ser buena persona está mal visto, en el que la sociedad te presiona a olvidar a la velocidad del rayo. Por lo tanto, animo a todos los enamorados, a los corazones rotos y a los buscadores del amor a pensar más con el corazón y menos con la cabeza. 

lunes, 16 de mayo de 2016

El gran teatro de mi vida

Y de tanto en tanto, cuando te veo, pongo en marcha la obra de teatro en la que llevo actuando desde que dimitiste de mi vida. Y cuando empieza la función, te recibo con los ojos cerrados, el alma rota y la boca abierta para hablarte como si nada hubiese pasado, como si no te llorase todas las noches, como si me diese igual que hayas cambiado de almohada de la noche a la mañana. Y luego entran los personajes secundarios para decir todo lo que mis labios no pueden pronunciar cuando te tienen cerca. Y son ellos los que te preguntan qué tal, porque yo aún no estoy preparada para ver el brillo que te aparece en la mirada cada vez que nos cuentas lo bien que te sienta mi ausencia. 

Y por las noches, cuando no me ves, preparo los ensayos para el día siguiente. 
Y recorto todos nuestros recuerdos en forma de corazón porque, igual así, consigo acordarme solo de lo bueno que me diste.
Y aprendo a quererte más despacio y menos fuerte porque, igual así, me dejas de doler.
Y guardo en el cajón de mi mesilla de noche todo aquello por lo que me muerdo la lengua cada vez que te veo con ella porque, igual así, se me olvida que no quieres ni hablarme de ti. 
Y echo de menos todo lo que no tuvimos y queríamos tener porque, igual así, solo me culpo a mí de lo que no pasó.

Y cuando se cierra el telón, me despido de ti, de mí y de vosotros hasta la próxima función.

miércoles, 27 de abril de 2016

Hello, I must have called a thousand times...

"Llevo llamándote toda la tarde y parece que no has pasado por casa ni un momento.
Sé que es tarde, demasiado tarde, pero llamaba para disculparme. Lo que pasó sé que no tiene disculpa que valga, pero me quedo más tranquila explicándome.

No sé por qué actué como lo hice. Supongo que tenía miedo. Miedo de ti y de perderte por completo y parece que al final, lo hice tan mal que perdí hasta nuestros recuerdos. Lo único que intentaba era acabar bien, era... no sé, decirte por última vez que te quería. Sé que siempre lo has sabido, pero me quedaba más tranquila diciéndotelo. Y sé también que nunca me has querido escuchar por cobardía. No sé a qué ha venido tanta debilidad, si había confianza de sobra hasta para decir adiós, incluso hasta para decir adiós para siempre.
No sé, la verdad es que no sé qué pasó por tu cabeza, pero bueno, ahora que estás tú tan lejos y estás bien y yo también, quería intentar por última vez disculparme. No importa nada ya, pero, en fin, si nos volvemos a ver espero poder saludarte y preguntarte qué tal o lo que sea. No sé. Ya sabes que yo siempre he esperado una disculpa por tu parte de verdad y una conversación para aclarar las cosas, aunque supongo que ya es tarde.

Espero que respondas a este mensaje o, al menos, que lo escuches.

Un beso y da recuerdos." 

sábado, 5 de marzo de 2016

La vida está llena de errores

La vida está llena de errores. Es un hecho. Nos equivocamos una y otra vez. Dicen que es parte del camino, pero sinceramente creo que vivir consiste realmente en eso, en hacerlo mal. Todos sabemos hacerlo mal. Sin embargo, no todos somos capaces de pasar página, de seguir avanzando. Y supongo que la manera en la que seguimos adelante después de haber sufrido es lo que nos hace crecer de verdad. En definitiva, creo que son los errores los que nos definen, los que nos hacen fuertes, los que nos dan vida.
Por mi parte, me gustaría haberme equivocado de otra manera. Me gustaría haberlo hecho un poquito mejor, pero las circunstancias tampoco fueron fáciles. Para olvidar y perdonar se necesita tiempo. Pasar página es cosa de dos, no de uno solo.

Si pudiese, me gustaría contarle a mi pasado todo lo que en realidad no pasó. Me gustaría decirle que mereció la pena todo el tiempo que invertí en aprender a querer. Que no fue sencillo controlar todas esas emociones siendo tan pequeña, pero que pude con ellas. Que arriesgué y gané. Gané durante mucho tiempo y gané bien. Gané experiencia, momentos, recuerdos, besos, personas y bromas. Gané en felicidad. Y todo aquello que gané fue eterno. Algo que nadie ni nada pudo quitarme jamás.
Me gustaría contarle también que el dolor que vino después tuvo fecha de caducidad. Que aproveché esas tardes tristes en aprender a quererme, a valorar lo que tenía alrededor, a madurar. Que aunque me costara, acabé recuperando en forma de confidente a mi primer amor. Y cuando me volví a enamorar y me volvió a salir mal,  conseguí mantener a mi lado a una de las personas más maravillosas que había conocido. Que en vez de una historia de amor, acabé escribiendo con él la canción más alegre del mundo.

Me gustaría contárselo para que se le hiciese más amena la espera, para que mantuviese la fe en los momentos duros. Pero no puedo, no puedo porque todo aquello no pasó. Es cierto que gané un montón de cosas, pero el egoísmo, la cobardía y el rencor  fueron tan grandes por parte de ambos que me las arrebataron todas.  También es cierto que luché y que, a pesar de haber perdido, volví a arriesgarme, pero, sin embargo, el dolor jamás cesó. Jamás pude olvidar del todo. Esa herida nunca ha terminado de cicatrizarse. La segunda está en proceso, espero que esta vez el tiempo lo cure de verdad. He perdido a dos personas en las que he confiado más que nada en el mundo y no las he podido recuperar. Espero que en el futuro, habiendo aprendido de los errores, sea un poco más lista y pueda hacerlo mejor.

jueves, 3 de marzo de 2016

Escribir es ordenar

Escribir es ordenar. Y últimamente, en este caos de mente, necesito una limpieza a fondo, una reforma que sea capaz de colocar todo en su sitio.
Vivo entre dos ciudades, entre trenes que vienen y van y vuelven a irse. Viajo esperando reencontrarme con alguien en la estación de destino, recibir un abrazo y una historia nueva de un amigo. Algunas noches duermo en mi pequeña nueva casa; el resto, en mi escondite favorito. Sé cuándo y dónde tengo que hacer la maleta, conozco mi destino.

Ahora bien, ¿dónde se supone que está mi corazón?
Hace tiempo que lo perdí de vista. Recuerdo que antes me torturaba con recuerdos malos y buenos. Recuerdo también que no me dejaba ni dormir. Alguna vez, me llegó a molestar tanto que tuve ganas de arrancármelo. Pero en esos momentos, sentía que era yo. Más que nunca. Todo ese dolor que recorría mis venas de arriba abajo me hacía sentir viva. A pesar de lo mal que pudiese llegar a estar, era la forma que tenía de recordarme que siempre hay algo por lo que avanzar.
Otras veces, me hacía creer en la felicidad, en el amor, en las cosas bonitas. Me hacía escribir cuentos de hadas, cantar cantos de sirena, bailar bailes de cisne. Me hacía sentir áspero y suave, frío y calor; pensar desde un punto de vista invisible; ver el cielo desde el infierno, ver blanco y negro. Estar en un punto medio perfecto.

Ahora lo echo de menos. Porque creo que se ha ido para siempre. Creo que no va a volver jamás. Me ha dejado aquí, sola, sin nadie ni nada a lo que aferrarme. Creo que quiere que descubra, que deje de seguirlo a todas partes. Igual quiere que crezca, que cambie, que sea como los demás y no lo que narices sea yo. Pero no puedo, yo necesito sentir. Lo que sea, no me importa. Necesito sentir para estar viva.

Te voy a encontrar, estés donde estés. A ti no te voy a perder, te lo prometo. 

miércoles, 24 de febrero de 2016

Un feliz desenlace y un trágico comienzo


Justo en el momento en el que conseguí vencer a aquel dragón que habitaba en mi cama, apareció una especie de príncipe que parecía ser la solución definitiva a todos mis males. Y, a pesar del miedo que tenía de volver a sufrir, un pajarito me dijo que debía confiar en él. 

Ahora, siete meses más tarde de aquel feliz desenlace, intento recordar con todas mis fuerzas los pensamientos que de verdad me llevaron a adentrarme en una aventura de la que solo se veía el final. Porque todo parecía negro, porque todo  parecía que iba a salir mal y yo, sin embargo, con el corazón pegado con celo del malo, decidí arriesgarme, incluso decidí seguir luchando. ¿Por qué? me pregunto. Si por aquel entonces ya tenía demasiados cuentos para no dormir que contar, suficiente experiencia como para ir pasito a pasito. Y en cambio, lo ignoré. No hice caso a todas esas vocecillas que evitaban verme sufrir. Porque tenía la pequeña esperanza de volver a ser feliz de verdad, de volverme a enamorar, de demostrarme a mí misma que el amor siempre tiene parte bonita y te puede llegar a hacer llorar de la alegría.

Ahora, siete meses más tarde de aquel dramático comienzo, tengo menos esperanza en los finales felices de las que tenía antes (y eso que ya eran pocas).  Porque todo esto no ha servido para nada más que para quedarme sin ganas. Sé que dicen que quien no arriesga, no gana. Pero hace tiempo que me cansé de firmar cartas de despedida a príncipes que siempre se olvidan de mi dirección.