Escribir es ordenar. Y últimamente, en este caos de mente,
necesito una limpieza a fondo, una reforma que sea capaz de colocar todo en su
sitio.
Vivo entre dos ciudades, entre trenes que vienen y van y
vuelven a irse. Viajo esperando reencontrarme con alguien en la estación de
destino, recibir un abrazo y una historia nueva de un amigo. Algunas noches duermo
en mi pequeña nueva casa; el resto, en mi escondite favorito. Sé cuándo y dónde
tengo que hacer la maleta, conozco mi destino.
Ahora bien, ¿dónde se supone que está mi corazón?
Hace tiempo que lo perdí de vista. Recuerdo que antes me
torturaba con recuerdos malos y buenos. Recuerdo también que no me dejaba ni
dormir. Alguna vez, me llegó a molestar tanto que tuve ganas de arrancármelo. Pero
en esos momentos, sentía que era yo. Más que nunca. Todo ese dolor que recorría
mis venas de arriba abajo me hacía sentir viva. A pesar de lo mal que pudiese
llegar a estar, era la forma que tenía de recordarme que siempre hay algo por
lo que avanzar.
Otras veces, me hacía creer en la felicidad, en el amor, en
las cosas bonitas. Me hacía escribir cuentos de hadas, cantar cantos de sirena,
bailar bailes de cisne. Me hacía sentir áspero y suave, frío y calor; pensar
desde un punto de vista invisible; ver el cielo desde el infierno, ver blanco y
negro. Estar en un punto medio perfecto.
Ahora lo echo de menos. Porque creo que se ha ido para
siempre. Creo que no va a volver jamás. Me ha dejado aquí, sola, sin nadie ni
nada a lo que aferrarme. Creo que quiere que descubra, que deje de seguirlo a
todas partes. Igual quiere que crezca, que cambie, que sea como los demás y no lo
que narices sea yo. Pero no puedo, yo necesito sentir. Lo que sea, no me
importa. Necesito sentir para estar viva.
Te voy a encontrar, estés donde estés. A ti no te voy a
perder, te lo prometo.
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