Justo en el momento en el que conseguí vencer a aquel dragón
que habitaba en mi cama, apareció una especie de príncipe que parecía ser la
solución definitiva a todos mis males. Y, a pesar del miedo que tenía de volver
a sufrir, un pajarito me dijo que debía confiar en él.
Ahora, siete meses más tarde de aquel feliz desenlace,
intento recordar con todas mis fuerzas los pensamientos que de verdad me
llevaron a adentrarme en una aventura de la que solo se veía el final. Porque
todo parecía negro, porque todo parecía
que iba a salir mal y yo, sin embargo, con el corazón pegado con celo del malo,
decidí arriesgarme, incluso decidí seguir luchando. ¿Por qué? me pregunto. Si
por aquel entonces ya tenía demasiados cuentos para no dormir que contar, suficiente
experiencia como para ir pasito a pasito. Y en cambio, lo ignoré. No hice caso a
todas esas vocecillas que evitaban verme sufrir. Porque tenía la pequeña
esperanza de volver a ser feliz de verdad, de volverme a enamorar, de
demostrarme a mí misma que el amor siempre tiene parte bonita y te puede llegar
a hacer llorar de la alegría.
Ahora, siete meses más tarde de aquel dramático comienzo,
tengo menos esperanza en los finales felices de las que tenía antes (y eso que
ya eran pocas). Porque todo esto no ha
servido para nada más que para quedarme sin ganas. Sé que dicen que quien no
arriesga, no gana. Pero hace tiempo que me cansé de firmar cartas de despedida a
príncipes que siempre se olvidan de mi dirección.