miércoles, 28 de febrero de 2018

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Hoy escribo porque sé que un día te me irás.


Y sé que serás tú el que te irás porque yo no pienso dejarte ir. Sé que nunca voy a ser suficiente para ti, sé que siempre seré esa amiga a la que quieres, pero a la que jamás serás capaz de valorar, de animar, de entender, de escuchar. No lo haces intencionadamente y no lo haces con maldad; pero en tu mundo, sí, en ese mundo en el que solo hay espacio para ti, jamás entrará una chica como yo. Yo no doy el perfil, yo estoy porque no ha quedado otra, porque las cosas han acabado siendo así. Pero si me tuvieras que haber elegido, sé que me hubieras colocado la última en cualquier tipo de clasificación. No te preocupes, algún día llegará otra amiga que sí, que será de las tuyas, con la que formarás buen equipo, con la que te irás. Y tranquilo, que para entonces espero no estar cerca, espero haber sido capaz de haberme escondido lo suficientemente bien como para no acordarme de ti. O para acordarme sin dolor, o para pensarte sin rencor. Me iré antes de que tú quieras echarme. Porque como te pierda, no me levanto. De esa ya sí que no me recupero, de esa no salgo, con esa me hundo. Y me rompo para siempre. Eres mi última batalla. Sé que voy a perderla, pero tengo que seguir en posición hasta que aparezca el enemigo en escena. Porque cuando salga, rompo filas y me voy corriendo a donde no pueda verte, a donde no puedas verme.

Suena todo muy cobarde, ¿no? Pero prefiero irme con la cabeza agachada antes que verte marchar mirándome a los ojos.