Me miraba aun con
los ojos cerrados. Era increíble. Dormida, a mi lado, me agarraba la
mano como si temiese que me escapase a escondidas, aprovechando que
no me veía. Pero cómo iba a ser capaz de irme de aquel lugar. Con
lo bien que se estaba.
La volví a mirar.
“Joder, cómo cojones se puede ser tan guapa” Su cabello rizado,
despeinado y largo, tocaba el fin de su espalda, invitándote a
seguir jugando con aquel cuerpo débil. Y su rostro, ya, ni os
cuento. Parecía que te suplicaba, que te obligaba a tocarlo, a
acariciarlo despacio, con cuidado, como si se fuese a romper. En la
barbilla, en las mejillas, aparecían unos hoyuelos que lo hacían
ser más hermoso si cabía. Y, cada vez que te permitía el lujo de
verlo sonreír, aquello se convertía en una locura. Qué bonito
parecía todo, hasta lo malo.
La volví a mirar.
“Qué rabia no poder quererla, con lo feliz que seríamos” Me
hubiese encantado haberla querido más tiempo, haberla cuidado como
se merecía, no haberla cagado como lo hice. Pero no la quería. No
la quería y ella, ella lo sabía. Pero me amaba tanto, que con
tenerme a su lado un par de noches, se conformaba. La verdad, era un
juego peligroso. Para los dos. Ella no sería capaz de olvidarme
nunca y yo, yo empezaría a considerarle un ser sin sentimientos,
tratándola como a otras tantas. Y ella no era otra, ni era tantas.
Ella era ella. Y lo había sido siempre. Y no quería que se
convirtiese en algo vulgar. Algo de cariño siempre tendría que
quedar, algo de respeto, de educación,¿no? Lo mismo pensaba la
ultima vez, la última vez que me pregunté si la quería, si iba a
ser capaz de guardar un poco de amor pasase lo que pasase. Un mínimo.
Algo que le hiciese las cosas más fáciles, para no sufrir, para
pasarlo, dentro de lo que cabía, bien.
Pero no fui capaz,no
sé cómo lo hice. Pero es que, ni buscando en los lugares donde solo
ella había conseguido ser capaz de llevarme, lo encontré. Nada. Ni
cariño.
Nada.
Ni siquiera
recuerdos.
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