A ti,
mi querido capitán:
Hace ya más de un año que
partiste desde mi puerto hacia la búsqueda de tu felicidad.
Hace ya
más de un año que cierro la puerta con dos vueltas, apago la luz del hall y bajo todas las persianas (como tú
lo hacías) antes de acostarme.
Hace ya
más de un año que duermo sola, y tal es la tristeza que siento, que dejo a
Argos subirse a la cama, para que me haga compañía, para que me cubra de
pelusas, y para que luego tú, aparezcas para mandarle al jardín.
No te
voy a mentir, te he intentado engañar con otros. Más de uno ha probado mi
risotto con setas (ese que tanto te gustaba) para luego probar un poquito de
mí. Y la almohada ha olido a ellos durante días, y la cama, aun así, no te ha
olvidado. O igual soy yo, que a cada beso le puse tu nombre y tus labios.
Es por
eso que cada sábado por la noche, entre Carlos Ruiz Zafón y Nicholas Sparks,
miro por la ventana y te veo aparcando, y oigo tus pasos entrando en casa, y a
tu bolsa de deporte chocar con el suelo y a las llaves chirriar. Y en el
momento en el que me acerco a besarte, te esfumas. Te esfumas como el tiempo
sin ti, como si los minutos consumiesen sus propios segundos, y los días las
horas, y el tiempo al amor, y el olvido a los dos.
Y al
final, acabo despertándome bajo la luz del flexo de Ikea que me regalaste un 23 de octubre (“Para alumbrar tus días de estudio” decías), tumbada en tu sillón rojo, con la única camiseta que
dejaste en el armario y con los ojos lloviendo y a la vez, mojando un millón de
palabras.
1 comentario:
Que bien escribes bea. No lo dejes nunca. Eres de las pocas personas capaces de emocionarme con la lectura. Gracias
Publicar un comentario