En qué momento me he acabado por romper entera. Por más que miro atrás, no
consigo localizar el punto de no retorno. ¿Me perdí a los 16, a los 18 o el día
en el que me di cuenta de que la vida no es más que una sucesión de constantes
malas noticias? No lo sé. Todo esfuerzo
es en vano. No puedo volver al pasado, por lo que supongo que qué mas da. Para
qué intentar entender por qué ahora lloro cada vez que veo mi rostro en el espejo.
Será que me duele verme tan cambiada, tan fría, tan sola, tan poco yo. De
culpables no entiendo, pero si alguien de entre todos los presentes tiene que
levantar la mano y entonar el mea culpa debo ser yo. ¿Por confiar? ¿Por
no confiar? No lo sé. No terminamos sin motivo alguno en malas situaciones,
sino que tomamos malas decisiones. No es mala suerte, es mala estrategia. No es
el karma, es torpeza.
Después de todo este tiempo, de lo único de lo que puedo estar segura es de
que en esta vida estamos solas. Y no me importa la mierda que contéis del amor ni
de la familia ni de la amistad. Porque hasta la fecha todas las victorias las
he celebrado frente a un cuaderno y todas las derrotas las he guardado en mi
memoria. Y he tenido espectadores en todas ellas y nadie como yo las recuerda. Por
eso ahora me pregunto en qué momento empecé a vivir sola. Supongo que fue en el
momento en el que empecé a vivir con miedo. Porque cuanto más se te acercan,
más duele que se alejen.
En qué momento dejé de contar historias, dejé de preguntar, dejé de pedir
opinión. En qué momento dejé de escribir. En el momento en el que descubrí que
no merecía la pena. El dolor me duele demasiado como para volver a invitarle a
pasar.
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