domingo, 10 de noviembre de 2019

Por todas esas veces que te escribí queriéndote.


El problema no es que no me quieras. A pesar de todos tus esfuerzos en demostrarme que no lo haces, sé que me quieres. Porque esas cosas se saben. Y yo lo llevo sabiendo mucho tiempo. Estaba segura de que me querías incluso cuando me decías convencido que solo éramos amigos, que jamás me ibas a ver como algo más, que jamás me ibas a querer así. Yo sabía que me querías, pero que tenías miedo. Lo sabía porque algo en tus ojos me lo decía. No era la esperanza, que dicen que nunca se pierde, eras tú. Tú y tu manera de mirarme, de reírme, de abrazarme. Tú y tu forma de hablarles a tus amigos de mí. Porque aunque creas que no, el hablar de mí a alguien que no fuera de los nuestros ya decía mucho de ti.

Ahora que no tienes tanto miedo y dices que me quieres, a mí me han nacido las dudas. Llevo todo esto tiempo esperando (de ti) no sé muy bien el qué ni el cómo. Y ahora te tengo. Lo sé. Lo tengo y lo mejor de todo es que ahora dices convencido que somos más que amigos. Yo creía que era eso lo que quería. Que eras tú, sin peros ni miedos de por medio, a quien necesitaba para comprender bien qué era eso de la confianza, de la complicidad, del amor. Ahora me doy cuenta de que el amor no es querer. El amor es dar, sin esperar nada a cambio, y recibir, sin apenas esperarlo. Y cuando una relación es unidireccional, esto no funciona. Porque el dar se alimenta del recibir. Porque sin dar, el verbo recibir no existiría y viceversa. Y por eso tú y yo no funcionamos ni existimos ni existiremos. Porque de todas las veces que yo he dado, ni siquiera el verbo antónimo ha pasado por tu mente.


Y puedes querer así, pero a mí no. Porque me ha costado mucho quererme a mí misma como para que ahora gaste toda esa energía en quererme por los dos. Yo me quiero por mí. Y no debo hacerlo por nadie más.

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