Cuántas veces me he preguntado qué es el amor y cuántas
veces he intentado explicarlo.
De vez en cuando, olvido que, en el colegio, me enseñaron que
el concepto “amor” es abstracto, masculino, singular; teóricamente algo
innumerable que, al final, todos acabamos por contar, un término común que a
veces merece escribirse en mayúsculas.
Todos mis intentos de explicar por qué te quise han sido
en vano. Y siempre lo serán. Porque, conforme pasa el tiempo, más borro lo que
fuimos y más dudas tengo contigo y con lo que eres (y sobretodo con lo que
fuiste). De todos modos, ¿habremos cambiado mucho como para olvidarnos por
completo?
No. O, al menos, no lo suficiente.
Por mi parte, te digo que me acuerdo de ti y no siento nada;
que te pienso y no me acuerdo de tu cara; que sé que no te necesito, que no te
quiero pero que aquí sigo, sin ignorarte. Sin hacerte caso, pero pensándote. Y
qué le digo yo a mi cabeza cuando se acuerda de tu nombre, si no sé cómo
explicarle que ya no estamos, ni tú ni yo,
y que ya no hago nada al respecto. Estoy forzándome a mí misma para no
olvidarte del todo, porque sé que eso puede llegar a pasar en unos meses. Y no
quiero. No quiero porque creo que no te lo mereces, porque, a pesar del daño y
del rencor, hay (y quiero creer que siempre ha habido) una parte bonita con la
que yo me explicaba qué era el amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario