lunes, 26 de noviembre de 2012

Antes lo solucionábamos con llamadas, no con regalos.

Da pena la verdad.
Me acuerdo perfectamente de esos tiempos en los que estábamos todos unidos, en los que quedábamos una tarde en el parque y hablábamos de los novios y novias de la gente. Íbamos a casas de amigas a dormir y estábamos hablando hasta las cuatro de la mañana de lo chachi que era el instituto y creíamos que aquella etapa duraría para siempre.
Ahora es cuando la echamos de menos. Es cuando nos damos cuenta de que el tiempo no se para, de que las cosas buenas siempre terminan, que lo que en un pretérito nos hacía felices, ahora apenas nos importa. Nos damos cuenta de que, aunque los problemas sigan siendo los mismos, las soluciones son cada vez más complicadas. Nos hacemos mayores. Empiezan los exámenes difíciles, nos dicen que seamos más responsables , que ya podemos hacer las cosas por nosotros solos.
Vale, podemos subirnos al tacón alto y a la fiesta descontrolada. Y? Una ventaja frente a diecinueve inconvenientes.
Me da igual que hace dos años no me dejarán quedarme hasta las diez por ahí, yo quiero volver a ser feliz con cosas pequeñas. Estar nerviosa porque queda poco para mi cumpleaños y eufórica cuando había una fiesta en casa de una amiga. Quiero ser esa niña que creía ser mayor y no una niña que esta sufriendo las desventajas de ser mayor.
Mamá, llévame al médico, y dile que me quite centímetros, problemas y años, por favor.  

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